miércoles, 27 de febrero de 2013

Aquella madrugada un gélido viento del este azotaba la abrupta fachada de aquel recóndito acantilado, y con sus suspiros iba tejiendo una bella melodía, libre de todo esquema; esclava de la libertad.
Aquella madrugada rompían las olas con más fuerza de lo habitual; con furia, pero con templanza. Y es que iba encarnando en sus entrañas un ritmo destartalado, de álgidos tintes, sobre un papel marchito por el irreversible paso del tiempo.
El cielo, inundado por un intenso arrebol, se recortaba allí con la mar en un suave romance y allá con una lejana cordillera que parecía coronar el mundo, en trances de muy poco decir. Era tal la armonía que a un tiempo todo aquello alzaba, que abrumaría a la más insensible de las almas.
Las hojas de los pocos árboles que allí yacían se mecían a un compás de origen incierto; un compás que transcribía las maravillas de un glorioso pasado que ahora permanecía latente bajo las piedras de las pocas ruinas que aún se alzaban de entre la tierra. Unas ruinas que antaño quizá hubieran pertenecido a una gran ciudad de alguna prolifera civilización, quizá aún desconocida; quizá sepultada por un trágico final.
Ella lo entendía: era el aullido de dolor de una historia que moría y que nunca podría ser rescatada. Ella misma formó parte una vez de aquella increíble historia. Una lágrima callo por su mejilla. Ya no quedaba nada. Ya sólo quedaba música...